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Sordomudos en La Cholita

Con mi amiga Yvi habíamos arreglado vernos el jueves pasado, ponernos al día, tomar algo. De acuerdo al calor luego veríamos que tomaríamos, si mate o unas cervezas. Como suele suceder con ella, hubo un pequeño cambio de planes. Nos terminaríamos encontrando más tarde de lo planeado y más tarde me comentaría que Tatú (Un amigo suyo) la había invitado a juntarse en su casa a tomar unas cervezas, con Gaby, otra amiga. Yo tenía prioridad, por lo que me llamó y preguntó que quería hacer. Estando medio corta de fondos no tenía pensado ir a comer afuera, por lo que me parecía bien juntarnos a tomar algo en una casa.

De poco sirve esta introducción ya que al final, terminamos los 4 cenando en un lugar elegido por Tatú, La Cholita (Rodríguez Peña 1165). Un lugar simpático y con precios amigables, pero si puedo evitarlo, lo hago, por la simple y no menor razón de que, allí no se puede hablar.

Pareceré una persona de pocas pulgas, sin embargo, salgo en mi defensa, ya que para mí juntarse a comer no sólo es llenarse la panza, sino compartir, charlar, comer rico, brindar, divertirse, interactuar con los comensales y cuando un lugar no contempla ese aspecto de la ceremonia social del comer, me cae mal.

Es un local grande, con muchas mesas y poca separación entre sí, por lo que, si 2 personas quieren pasar por el mismo pasillo, deben turnarse, y si te levantas de la mesa estando las contiguas ocupadas es muy probable que tengas que medir los movimientos para no toparte con la silla de la otra mesa, o lo que es peor, la persona que esté sentada en ella.

Suele ser habitual tener que esperar una mesa, pero había disponibilidad en el piso de arriba y hacia allí fuimos. Cruzamos todo el salón, pasando frente al olor y calor de la parrilla, subimos la angosta escalera y nos ubicamos en una mesa para 4. Las sillas y mesas son de madera pintadas de rojo, cubiertas por papel en el que podes hacer dibujitos mientras esperás, pero esta vez, no teníamos crayones.

Decoración sencilla, estanterías con bobinas de lanas colgando, sifones y cajones de Cindor antiguos, lámparas de bombitas grandes de color e iluminación ámbar, ventiladores de techo.

Elegimos mesa y yo pasé al baño. Experiencia totalmente olvidable. Apenas corrí la puerta el calor me pegó cual ola de tsunami, limpieza dudosa, no había jabón, sólo la canilla de agua fría funcionaba y había medio rollo de papel higiénico para secarse las manos, cosa que opté por hacer con mis pantalones, ya que no está bueno secarse con ese papel.

Cuando volví a la mesa ya habían dejado una tabla con pan y manteca, me apresuré a manotear un par de pedazos ya que todos estábamos con hambre y poco duraron. Nos entregaron las cartas y comenzamos a deliberar.

Todos tomábamos cerveza, pedimos una Stella Artois, de litro. En cuanto a la comida, hubo cierta debate y desacuerdo, si pedíamos o no parrillada – Según Tatú en todos los lugares las parrilladas son sobras y rejunte -. Dado que todos íbamos a comer carne y según la moza hasta 4 comían con una parrillada, optamos por una para todos. Además venía acompañada de una porción de papas fritas y pidieron otra, por las dudas. En cuanto al punto de la carne, el 50% de la mesa quería jugoso y  la otra, a punto. Decidimos a punto, pero en realidad, aquí jamás me sirvieron la carne como la pedí y esta vez no fue una excepción.

La Stella llegó tan rápido como se fue. Nos trajeron las tablas de madera (no hay platos, al menos para esta comida) y al rato – ya con la comida en la mesa – por medio de señas al mozo, pedí otra.

Prácticamente nos atiborramos de comida. La parrillada tenía chinchulines, riñones (de extraña forma), morcilla (no estaba buena), chorizo (no lo probé), salchicha parrillera (tampoco comí), un pedazo de pollo y carne, que me atrevo a decir, era vacío, entraña y costilla. Todo muy grasoso, la mitad de los pedazos que cortaba para mi plato era grasa que le tuve que quitar. Las papas estaban buenas. Aunque, hubiera preferido ensalada para acompañar.

Dado que la acústica del lugar no ayudaba – “Maryvonne pidamos la cuenta y rajemos de este lugar que no se puede hablar“, Tatú dixit – después de comer y de que sobrara algo (Detesto tirar comida, tendría que haber pedido paquetito), pedimos la cuenta y comenzamos a adivinar cuanto sería. Nadie acertó, aunque Yvi le erró sólo por $1, el total sumaba $227. No aceptan tarjetas, sólo efectivo y no cobran cubiertos ni servicio de mesa, una de cal y otra de arena. 2 Bracas le doy, siendo generosa. Tras pelear por el 10% de la propina, ya que a Yvi y a Tatú les había caído mal la moza – todavía con Gaby desconocemos el motivo – dividimos y con la panza llena partimos, antes de quedar afónicos y de que el olor a parrilla se nos pegue en la ropa.

Braca

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2 pensamientos en “Sordomudos en La Cholita

    • Andre,

      Tenemos exactamente la misma duda. Tal vez sea la ubicación y el precio, sigue siendo barato pudiendo comer algo que no suele ser accesible: carne argentina.

      Gracias por el comentario, Salud!

      Braca

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