Bodas de Coral en Henrietta

En noviembre de 2012 cumplía treinta años y el cambio de década ameritaba una cena como la gente. Cómo olvidar esa noche inmensa, de la mano de mi chef favorito Daniel Hansen, en la bella Pecora Nera.

En noviembre de 2017 llegué a mis bodas de coral, casada con la música y con mucho amor para darle. Otra vez, ameritaba una cena decente.

Siendo que me encontraba y encuentro con un presupuesto acotado (ahorrando para ir al Mundial a ver a Messi campeón / trabajando part-time para dedicarle más horas a mi amor) investigué un poco antes de elegir, después de todo, iba a ser mi primera salida en mucho tiempo.

Pintó estrenar un pantalón con tajos que me había comprado hacía quince meses, usar tacos y un poco de maquillaje. Dejé la bicicleta en casa, me tomé el subte y llegué a Henrietta (14 – 15 Henrietta Street, WC2E 8QH), el restaurante del hotel homónimo en Covent Garden, perteneciente al Experimental Group. Éste, es un puñado de amigos dedicados a la gastronomía y hotelería de lujo, Romée de Goriainoff, Pierre-Charles Cros, Olivier Bon y Xavier Padovani. Se asociaron al chef estrella Michelin, Ollie Dabbous, quién basa su menú en la simpleza, ingredientes de temporada y por supuesto, su acento francés.

Tras descifrar como entrar, me recibió una amabilísima recepcionista italiana que recordaba nuestra conversación telefónica. Era lunes, por lo que el lugar estaba tranquilo, pero no vacío. Me ofreció mesa, pero elegí la barra. Obvio.

Para arrancar, pedí un Dry Martini. Recuerdo que me llamó la atención la escasa oferta de gin. Tras cambiar de butaca porque entraba un chiflido de viento que me helaba el alma, me dediqué a observar un poco. Desde mi asiento podía ver la cocina abierta y los cocineros en acción, las baldosas de terracota y pisos de roble, las mesas, sillas y sillones, de forma y tamaños atípicos desparramados en el salón sin seguir un orden habitual. Todo a medida del cuidado diseño de otro francés, Charlotte Perriand.

Antes de ordenar, recibí ciertas recomendaciones de Antonio, el encargado del servicio. Un italiano cara de niño, muy simpático. Debo admitir que el menú no me entusiasimó demasiado, así que seguí un poco las sugerencias.

De entrada, pedí un flatbread/Pan plano, similar al pan de pizza a la piedra, bien delgado y crocante, con cangrejo fresco, mantequilla de ajo y hierbas costeras. No le tenía fe, pero estaba muy bueno. De plato principal, sin estar muy convencida, pedí los dumplings, parecidos a los ñoquis pero son albóndigas, con suero de ajo, rebozuelos y castañas. Cuando llegó a la mesa, pensé: ‘qué porción más pequeña‘ y cuando lo probé, pensé: ‘me voy a morir de hambre‘, dada la delicada textura y liviana consistencia. De los dos platos, me inclino por la entrada, pero dado el renombre del Chef, la cena en general me desilusionó un poco. Por suerte, Antonio salvó la noche.

En el interín, pedí un vaso de vino y  de vez en cuando uno de los camareros, se acercaba a charlar conmigo. Alejandro, un malagüeño muy gracioso. No entendía como estaba cenando sola la noche de mi cumpleaños.

Me habían dado el menú de postres, pero no tuve que decidir. En mi búsqueda online, había leído sobre las Magdalenas de Henrietta. Antonio me dijo que éran ‘sin duda lo mejor del menú‘ y Alejandro añadió, ‘desde que abrió el restaurante es lo único que se mantiene del menú‘. El tema fué que, con motivo de mi cumpleaños me trajeron una cupcake de masa filo rellena de crema con velita incluída, que era no sólo una delicia, sino también una bomba estomacal, por lo que no creía tener lugar para más nada. El bartender, agregó que no podía haber celebración sin burbujas, y me obsequió una copa de champagne.

Mi noche ya estaba hecha.

En eso estaba cuando Antonio me dice que las magdalenas estaban en camino.  Casi me caigo de la silla, no lo esperaba, tanta generosidad no es habitual en Londres.

Al rato, las famosas magdalenas llegaron. Y el muchacho no se equivocaba, sin haber degustado todo el menú, confirmé que ése postre es lo mejor del mismo. Una oda a la pastelería, recién salidas del horno, motivo por el cual advierten un tiempo de espera de 15 minutos. ¡Por ellas esperaría horas! La esponjosidad interior, la cálida frescura del reciente horneado, la dulzura y suavidad de la crema chantilly en que las unté, la crocante y tostada textura exterior, el aroma a vainilla. Un manjar. Me dolió en el alma haber dejado dos, no haber podido vaciar la canasta, una aberración. Pero seguir era más que gula.

Los chicos me comentaron que el Experimental Group, también tiene un speakeasy, llamado ECC (Experimental Cocktail Club). Ambos me invitaron a ir, pero eso será contado en un próximo posteo.

Pedí la cuenta, de la cual no puedo recordar el valor exacto, ya que no encontré el ticket. Poco más de £60 si mal no recuerdo, más una generosa y merecida propina para todo el staff que me trató de maravillas y se puso a la par de la Pecora por lo especial que me hicieron sentir en mi trigésima quinta noche de un seis de noviembre.

Braca

Pd.: En diciembre, volví por más magdalenas, pero ésta vez, no dejé ni las migas.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. JJS dice:

    Por como describiste el cupcake, me dió hambre… A parte se lo ve bueno en la foto 😉

    Me gusta

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