Münchner Oktoberfest 2017, Prost​!

A esta hora, el lunes pasado estaba recorriendo las calles de Múnich y haciendo rueda de reconocimiento de la Fiesta de Octubre, mundialmente conocida como Oktoberfest y en Argentina, como Fiesta de la Cerveza.

Escribir este post me trae recuerdos de mi adolescencia, la cual viví mayormente en Santa Rosa de Calamuchita, provincia de Córdoba. No recuerdo con precisión cúal fué la primera vez que fuí a la Fiesta Nacional de la Cerveza, en el pueblo vecino de Villa General Belgrano, pero debe haber sido alrededor de mis 15. Sí recuerdo que para esa época casi no tomaba cerveza, pero íbamos con mis amigos y compañeros de secundaria a dar vueltas por el centro y divertirnos mirando lo que pasaba alrededor. Recuerdo que uno de esos fines de semana coincidían con algún partido de eliminatorias para el Mundial, que en un par de fiestas me enamoré (o creí enamorarme), y en otro año me partieron el corazón dejándome por un estúpido ataque de celos. Recuerdo los mil y un recursos que usamos para entrar sin pagar entrada y la cuenta regresiva que contaba cada año esperando la próxima edición. Recuerdo las tardes de lluvia torrencial, el barro de la plaza, las filas esperando por entrar a un baño químico, la musiquita tirolesa, los bailes de siempre y la banda escocesa más esperada comandada por el gran Lawrence Towers, los jarros que coleccionaba y hoy se llenan de polvo en la casa de mis Viejos. Me acuerdo también, la vez que agarré del cuello a un chico que quería “abrazar” a mi hermana menor. Recuerdo las veces que habré hecho dedo para que me llevaran, cosa que hoy en día, no haría ni loca para no ser una menos. Por supuesto recuerdo las cervezas y el alto nivel de alcohol en sangre con el cual terminé más de una vez, y luego, las anécdotas. Pero sin lugar a dudas, el más grato recuerdo son los afectos con los que compartí esa Fiesta: familia, amigas, amigos. Es una de las pocas cosas que cuento con los dedos de una sola mano, a las que prefería ir siempre acompañada. Por todos esos recuerdos e historias, después de más de 13 años ininterrumpidos de asistencia, tras mudarme a Londres, tenía como asignatura pendiente ir al Oktoberfest original. Y finalmente, este año sucedió.

Hace unos meses un amigo de la Villa, me agregó a un grupo de WhatsApp, y allí conocí a Brian, quien vive en Múnich. Mensaje va, mensaje viene, unas semanas atrás saqué pasaje para volver a Múnich, pero esta vez para ir a LA fiesta.

Este año el Oktoberfest se celebra del 16 de septiembre al 3 de octubre. Muchas veces me han preguntado por qué se llama Oktoberfest cuando se celebra en el mes de septiembre, he aquí la respuesta:

            “La primera Oktoberfest se celebró en el año 1810 en honor de la boda del príncipe heredero de la corona de Baviera, Ludwig con la princesa Therese von Sachsen-Hildburghausen. Las festividades comenzaron el 12 de octubre de 1810 y terminaron el 17 de octubre con una carrera de caballos. En los años siguientes, las celebraciones se repitieron y, más tarde, el festival se prolongó y avanzó en septiembre. Al mover las fiestas, permitió mejores condiciones climáticas. Debido a que las noches de septiembre eran más cálidas, los visitantes pudieron disfrutar de los jardines fuera de las carpas y el paseo por “die Wiesen” mucho más sin sentir frío. Históricamente, el último fin de semana del Oktoberfest fue en octubre y esta tradición continúa hasta nuestros días.

La Oktoberfest se encuentra en el predio Theresienwiese, pegado al Parque Bavaria, donde la Dama de Bronce lo observa todo desde sus 18 metros de altura. Para la ocasión se construyen 14 enormes carpas (12 exclusivamente de cerveza y 2 de champagne y vinos), con capacidades que van desde 1000 a 9300 personas sentadas. Eso sí, cuando la carpa se llena, no se permite la entrada, cosa que sucede durante los fines de semana antes de las 11 de la mañana. Asimismo, hay otras 22 carpas más pequeñas con distintas ofertas gastronómicas, y alcohólicas, por supuesto.

Llegué el domingo a la noche. El lunes después de almorzar en zum Spöckmeier (Rosenstraße 9, 80331), caminamos por el centro, y tras encontrarnos con Anita, una amiga de Brian, entramos al predio. A diferencia de Villa Gral. Belgrano, aquí la entrada es totalmente gratuita, a todo el predio y a todas las carpas, sólo se paga por lo que se tome y se come, lo cual me pareció lógico.

Si tuviera que describir en pocas palabras lo que ví, diría que el Oktoberfest es la Disneylandia de los Cerveceros. Un gigantesco parque de diversiones de 42 hectáreas con la mayoría de los asistentes ataviados con vestimentas típicas de la región y cientos de puestos de comidas locales, repostería, golosinas y souvenires.

Caminamos un poco, y entramos a la Weinzelt, según Anita, la carpa VIP donde las celebridades germanas pasan su tiempo en la fiesta. En ésta, la cerveza no es protagonista, sino el vino en 15 variedades, los  espumantes y el champagne. A su vez, es la única en donde venden pintas de Paulaner, en lugar de la estándar jarra de litro. Nos quedamos un rato y luego entramos a otra carpa, la Pschorr-Bräurosl, pero ahí no bebimos.

Luego de esta rueda de reconocimiento, dimos un par de vueltillas más y enfilamos para el centro. Yo estaba antojada de Selva Negra, pero no encontré y me conformé con un heladito.

El martes no madrugué y arranqué para la Fiesta pasadas la 1 de la tarde. Me tomé el subte, e iba a seguir las indicaciones de Google Maps pero preferí seguír a la manada de gente y me bajé en la estación Theresienwiese, que me dejó prácticamente, en la puerta del predio.

Otra vez entraba en la Disneylandia Alemana, esta vez con mi jarrito traído de Argentina, obsequio de mi amigo carpintero, Fabricio. A pesar de las altas medidas de seguridad, no me revisaron al entrar, lo cual me llamó bastante la atención.

Para variar, estaba con hambre, mucho hambre, ya que no había almorzado y era hora, así que la prioridad número uno era abastecerme de comida antes de ingerir el néctar divino.

Entré a casi todas las carpas, empezando por la Fischer Vroni, donde el pescado es rey y se olía, pero no me tentó. De ahí a la impronunciable Ochsenbraterei (Spatenbräu-Festhalle), con el buey como principal atracción gastronómica, afuera pasé de largo Bodo’s Café con sus especialiades en repostería; de ahí a la hermosa Hofbräu Festzelt, perteneciente a la cervecería Hofbräuhaus que visité en 2008, sin dudas una de mis preferidas. Sin embargo, todavía no me terminaba de entender com funcionaba el sistema para sentarse a comer, porque muchas de las mesas se reservan. De ahí, pasé por la celestial Hacker-Festhalle, y luego por la Augustiner-Festhalle, considerada la más amigable de las carpas, no pude corrobar por qué. Sin poder decidirme, al final terminé comiendo un austríaco Schnitzel (€4,50) en uno de los puestos (Bayerische Brotzeit). Éste consiste en una  milanesa de pollo, hecha sándwich con lechuga, tomate, pepinos y mayonesa. Estaba riquísimo, considerando el hambre que tenía, mi nivel de exigencia no era demasiado alto tampoco. Pero ya con algo en el estómago, podía encarar mi próxima tarea, tomar una cerveza.

Seguí la recorrida por la Schottenhamel, una de las carpas más grande, y tal vez la más relevante, ya que en ella se inaugura la Fiesta, de la mano del intendente de Múnich, que destapa el primer barril (el famoso espiche) y con ello permite que las demás carpas puedan comenzar a vender. De allí, me crucé a la Löwenbräu-Festhalle, donde un león ruge cada dos minutos en la entrada de la misma. Enseguida me gustó el ambiente y la orquesta que estaba tocando.

Finalmente entendí el sistema, me acerqué a una de las mozas que estaba junto a una mesa, y le pregunté primero si hablaba inglés y luego, dónde podía pedir una cerveza. Me indicó que me sentara ahí nomás apuntándome el banco de madera, donde se encontraba una señora con una muleta y otro señor enfrente. La moza me dijo que me podía quedar una hora, pensé por un segundo si en ese tiempo me terminaría una jarra de litro de cerveza y le dije, OK. Le pedí si me podía servir la cerveza en mi jarro pero, sólo la servían en sus jarras de vidrio. El inglés en la mesa se quedó asombrado que venía con mi propio jarro, y le expliqué muy brevemente mi pasado cervecero, se río mucho.

Al ratito, la moza me trajo mi rubia, al precio estándar de €10,70 el litro, más propina. Tras tomar los primeros refrescantes sorbos con espuma incluída, la banda empezó a tocar una canción que en la Villa cantaría “¡Barrilito, barrilito, barrilito de cerveza!”. Mientras charlaba con el mancuniano, el esposo y el hijo de la señora llegaron a la mesa. Originarios de Eslovenia, en breve, estábamos todos de brindis en brindis, prost, cheers, salud! También me preguntaron por mi jarro, después de todo, era el único de madera.

Me entretuve charlando, observando las mesas contiguas, la gente sonriendo, sosteniendo sus jarras, haciendo fondo blanco, algunos bailando, escuchando las canciones típicas y pensaba, “¡si la banda entona un We Will Rock You acá se arma un quilombo bárbaro!”.

Mientras estaba ahí sentada, rodeada de desconocidos en una suerte de comunión internacional, me acordaba de mis pasadas Oktoberfests en Argentina. Tan lejos, con culturas tan distintas, pero veía reflejado la misma animosidad de compartir un lindo momento con los afectos. La excusa podrá ser la cerveza y sus consecuencias, pero cómo explicarlo… El encontrarse, el compartir, sin importar qué pasaporte tenés, qué idioma hablás o qué guerras batallaron nuestros inútiles gobiernos. Hay cosas que van más allá, y este tipo de ocasiones demuestran que una convivencia pacífica es posible, o creo, sería posible, ¿no?.

Perdí la noción del tiempo y ya estaba llegando al fondo de mi jarro. Saludé a la Máma, el Papá, el hijo y el inglés de Manchester. Previo paso por el baño, que dicho sea de paso, los mantienen al menos hasta esa hora de la jornada en excelentes condiciones higiénicas.

Para coronarla, cuando salía del toilette, esucho unos acordes conocidos… Sonaba We Are The Champions… Fue ahí cuando corroboré lo que estaba pensando antes, todos estaban parados sobre los bancos, cantando al unísono el superclásico de Queen que trasciende todas las barreras. ¡Gracias… totales!. Salí de la carpa con una sonrisa de oreja a oreja.

Observé que fuera de las carpas no se puede circular bebiendo, lo cual me pareció sumamente razonable, y hay numerosos cajeros automáticos para no quedar corto de efectivo.

Por último, entré a la colorida Marstall, la más nuevas de las carpas instaladas en la Fiesta. Marstall es la vieja palabra alemana para la escuela de equitación real, construida en 1822. Los caballos son los protagonistas en la tienda de Marstall con un gran carruaje por encima de la entrada.

Me había antojado de maní con chocolate, pero los puestos ofrecían almendras, pacanas, nueces, macadamias, pistachios, avellanas, y demás, con coco rayado. La chica me explicó que así se mantiene el chocolate adherido al fruto. Siendo que no soy fanática del coco, le pedí almendras nomás, tipo garrapiñada (€3).

Debo admitir que a pesar de mi resistencia al alcohol, habiendo tomado sólo una jarra, me sentía, lo que llamamos “alegre”. Fue ahí, cuando la razón (y la edad) le ganó al impulso, y decidí no seguir bebiendo, después de todo, estaba sola, en una ciudad que no conozco tanto, si llegaba a beber otra jarra vaya uno a saber dónde, cómo o con quién terminaba! Así fue que, luego de unas vueltas más, empecé a notar que la afluencia de gente se iba incremetando rápidamente. De más está decir que seguramente, a esa hora de la tarde es cuando empezaría la verdadera fiesta, con las carpas repletas y la gente bailando arriba de las mesas. Pero, para mi era el momendo de la retirada.

Oktoberfest, checked! ¿Volvería? Sin dudarlo, pero acompañada de los afectos…

 

Prost!

Braca

 

Pd.: Si quieren ver un pequeño video de mi paso por el Oktoberfest, hagan click aquí. También se agradece el like!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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