Claridge’s Hotel, una lástima…

 

Después de casi nueve años de residencia en Londres, finalmente visité el famoso Hotel Claridge’s (Brook Street, W1K 4HR), abierto desde 1850. Básicamente, otro día gris y frío de invierno, estaba por la zona, medio bajón, y pensé… «voy a ir a un lugar donde me traten como una reina«… o al menos esa era la expectativa. 

Me dieron una bienvenida muy atenta y sonriente, que se podía divisar a pesar de las máscaras. La recepción me recordó al Hotel Plaza en Nueva York, mucho verde alrededor de las mesas, el mobiliario, la iluminación… La hostess me indicó los dos bares, el Claridge’s Bar, donde por supuesto se notan los años que han pasado; y The Fumoir, con su art decó demasiado rosa para mi gusto. A su vez, éste bar no tiene ningún enchufe disponible, lo cual en ese momento me era imprescindible. Volví al primero, y ahí me ubicaron en una mesa cerca de una fuente de electricidad.

El menú de bebidas era todo alcohol, con algunas opciones sin, pero mayormente tragos clásico y de autor, champagne, etc. Sin estar en el menú, para arrancar me pedí un capuccino, que vino acompañado de dos galletitas azucaradas a base de manteca, riquísimas. Un detalle… la azucarera eran cuatro cuadraditos de porcelana y uno de ellos estaba lleno de chocolates amargos con forma de grano de café, rico. Y ahí me puse a ‘trabajar’, responder emails, buscar nuevo hogar para vivir, etc. Uno de los chicos era muy atento y me acercó tres menúes de comida distintos e incluso me dijo que seguramente podrían hacerme algo fuera del menú. 

Tras un rato, para comer al final me decidí por el Claridge’s Club sándwich con huevo, tomate, lechuga, mayonesa, pollo grillado y tocino en pan de mie. Un pan de origen francés, blando, generalmente usado para sandwiches. Elegí eso porque el resto de la opciones no me deslumbraron, y tampoco quise pagar el triple por un plato de pasta. 

Llegó mi sándwich, presentación simple, con unas papitas y hojas de rúcula. En cuanto a sabor, podría haber sido mejor, el pollo en partes tenía gusto a quemado por exceso de grillado y el jamón era ahumado, lo cual no es totalmente de mi agrado y el menú no lo especificaba. Cuando el mozo se acercó a preguntarme le mencioné ese detalle pero que igual lo iba a comer como estaba. 

En el interin fui al baño. Por supuesto, como era de esperarse a la alta escuela. Mármol por todos lados. Sin embargo, lo que más me asombró es que cuando salí del cubículo la señora del personal me tenía lista la canilla con agua corriendo para lavarme las manos. ¡Guau!

Fue pasando el tiempo, seguía en mi mundo y las luces del bar se atenuaron. Pedí otro cappuccino pero descafeinado, ya había tenido mi cuota de cafeína del dia. El chico que se había encargado de mí, se acercó a despedirse y me dijo que su compañera seguiría cuidando de mi. Le agradecí y me arrepiento de no haberle preguntado el nombre. La moza que me trajo el café, también fue super amable y nos reímos cuando hablamos de las galletitas, a las cuales debe combatir para dejar de comerlas. 

Ya eran pasadas las 4:30 pm, el bar se estaba llenando y se notaba que casi se había ido el sol. Habiendo terminado mis labores administrativos, estaba pensando si me sentaba en la barra, después de todo, podía probar las habilidades del bartender. Estaba al borde de terminar mi café, cuando se acercó un muchacho de traje, que imagino recién arrancaba su turno y me dice que en veinte minutos tenían una reserva en esa mesa… Lo miré, esperando que me ofreciera otro lugar donde ir, pero ante su silencio le dije: ‘OK, tráeme la cuenta entonces‘… Me dió una bronca. Básicamente me estaba echando. Entiendo que yo estaba ocupando una mesa para dos, pero lo correcto hubiera sido invitarme a sentarme en otro lado, por ejemplo, la barra que tenía todas las butacas libres excepto una, o tal vez, ofrecerme un lugar en los otros dos bares del hotel, incluyendo The Painter’s Room… Pero no, simplemente necesitamos que te vayas porque necesitamos la mesa. Me hizo sentir no deseada… Lo cual, deja mucho que desear para ser un hotel 5 estrellas, de semejante renombre e historia.

Guardé mi laptop, empecé a juntar mis cosas y me acercó la cuenta. Más allá de que el sándwich estuvo muy lejos de ser el mejor Club Sandwich que he probado, debo admitir que ver que un cappuccino costaba £8.00 me sorprendió. Bastante. Una vez más, entiendo donde estaba sentada, pero £8 libras por un café es un valor nivel usura. En total, incluído el servicio, la cuenta fue £46.13. Claramente, no es una oficina para todos los días. 

Cuando salí al pasillo donde se encontraba la recepcionista que me había dado la mesa, había otro muchacho parado al lado de ella, le agradecí que me hayan acomodado y cuando él me pregunto como había estado todo, le dije que bien, hasta que me echaron. Me miró sorprendido, y le expliqué la situación y le dije que su colega me había parecido un poco descortés y abrupto, y que me podría haber ofrecido otro lugar… La recepcionista escuchó lo que estaba contando y el muchacho disculpándose me preguntó si quería ir al otro bar y le agradecí pero le dije que no, que me iba a otro lado. Me cayó tan mal esa interacción que ya me había espantado. Se volvió a disculpar, le agradecí y me fuí silbando bajito. 

Clarísimo ejemplo de como sólo hace falta un par de palabras para arruinarle la experiencia a un cliente. Cómo el trabajo del resto del personal fue demolido en dos segundo por esa interacción. Y como suele ser, lo negativo genera mayor impacto que lo positivo. Lamentablemente, es lo que más se recuerda y comenta. Me dejó con un sabor amargo, como el de los granos de café.

Le dejo 2 Bracas al Hotel Claridge’s, pero solo para las personas que me hicieron sentir bienvenida. Primera y última vez, no creo que amerita una vuelta. 

 

Salud, 

Algo Sibarita

Claridge’s Club

 

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