Arigato Gozaimashita Japón Vol. I

Finalmente pude concretar un viaje que tenía en la mira hacía mucho tiempo. Tras vivir casi diez años en Londres, dieciocho meses en Ámsterdam, residiendo varios meses ya en Barcelona, y haber recorrido algunas millas, llegué a la conclusión de que Japón es un ejemplo del verdadero primer mundo. Siendo yo oriunda del tercero, puedo decir eso sin que nadie se ofenda. He quedado absolutamente anodada con la limpieza y organización de este país y su gente.

PRIMER DESTINO: Hiroshima

Aterricé en el aeropuerto de Narita y tras un corto viaje a la estación de Tokio, de ahí salí para Hiroshima en el Shinkansen, el tren bala. Siempre me ha generado intriga y tremenda curiosidad la Segunda Guerra Mundial, motivo por el cual uno de los puntos que sí o sí planeaba visitar era Hiroshima.

Llegué a la tardecita, pasadas las siete, tras caminar varios minutos, conseguí encontrar la salida correcta de la estación. Ya de noche, caminé hacia el hotel, sin sentirme insegura, por el contrario, sintiendo una energía hermosa. Luego de hacer el check-in, enseguida salí a buscar la cena, ya que había leído que los restaurantes cierran temprano. Tenía en mi lista probar okonomiyaki en Okonomimura (5-13 Shintenchi, Naka Ward, Hiroshima, 730-0034), donde se encuentran edificios llenos de locales donde sirven este típico plato japonés.

Tras subir cuatro pisos, y mirar varios localcitos, bajé al tercero y me senté en uno. Tengo que admitir que, no sé si pasarán un control bromatológico, pero la comida y la atención fueron tan buenas que les dije que volvería al día siguiente. El okonomiyaki es como un panqueque o tortilla, donde en esta versión local se presenta como una montaña de repollo más ingredientes a elección, con huevos a la plancha – donde se cocina todo -, fideos yakisoba, salsa y mucho perejil seco encima.

Me pedí uno vegetariano y quedé repleta. Acompañé con una fresquísima cerveza Suntory sin alcohol. Cuando ya iba por la mitad del plato, uno de los simpáticos empleados me explicó la forma correcta de comerlo. Todo junto, ya que yo estaba separando la masa de los fideos, hay que agarrar todo de un saque, desde el tope hasta abajo en un bocado.

Detalle a tener en cuenta: sólo se paga en efectivo, por lo que cuando me di cuenta, les dejé de garantía mi celular, bajé a un cajero automático, volví a terminar la cerveza y también, a pagar.

Cumplí mi promesa el día siguiente, en un día cargado de emociones. Tras haber visitado la cúpula de la bomba atómica, el Parque y el Museo Conmemorativo de la Paz y haber caminado por las calles de esta ciudad, quedé profundamente conmovida y llena de admiración por la resiliencia de esta gente.

La historia de la Segunda Guerra Mundial me parece fascinante, no por las atrocidades, sino por cómo se desarrolló y por analizar cómo el ser humano puede comportarse de esa forma y no aprender nada del horror que él mismo provoca.

Habiendo leído tanto al respecto, tras esta visita, estoy convencida de que el gobierno de los Estados Unidos jamás habría detonado ese poder de destrucción en Europa. Lo hicieron del otro lado del globo, buscando con extremo cuidado los lugares adonde pudieran ocasionar el mayor daño posible.

Japón ha tenido un rol fundamental en intentar el desarme nuclear, ya que nadie mejor que ellos puede hablar del sufrimiento provocado. Ellos dieron origen, de la mano de los sobrevivientes, al lema No More Hiroshimas (No más Hiroshimas): nadie debería sufrir jamás como nosotros lo hemos hecho.

Lamentablemente, el hombre nunca aprende ni aprenderá y sigue cometiendo las mismas atrocidades contra su propia especie, sin mirar atrás.

 

Otro episodio en mis caminatas por esta ciudad que me llamó poderosamente la atención fue ver a cuatro niños caminando por la vereda. Por su vestimenta, habrían salido de la escuela e iban conversando, uno al lado del otro. Eran tres niñas y un niño. Yo siempre he sido bastante mala para calcular edades ajenas, pero imagino que tendrían entre 6 y 8 años. Mientras los observaba desde la vereda opuesta, me pregunté: ¿Y los adultos dónde están? ¿Y los padres? Miré para todos lados y no había nadie. Quedé atónita ante, algo evidentemente normal aquí, que los niños anden solos por la calle y vuelvan a su casa caminando sin ningún mayor cuidándolos. Me causó tal impresión que crucé la calle y les tomé una foto, a modo de evidencia… Y me puse a pensar: cuándo fue la última vez que vi una cosa así en cualquier ciudad de Occidente?

Niños de Hiroshima
Niños de Hiroshima

 

Como comenté, volví a cenar al mismo lugar. Era mi última noche en Hiroshima y también era mi cumpleaños. Ya acostumbrada a vivir mis cumpleaños en solitario, qué mejor que pasarlo esta vez, con gente cálida del otro lado del globo.

Para celebrar, acompañé con un vaso de sake otro okonomiyaki, esta vez con carne, cerdo y frutos de mar, bien completo. También, estaba delicioso. Y tras comentarle a mi nuevo amigo, el cocinero, que era mi cumpleaños, al final de mi cena, me sorprendió con un obsequio: una botellita de whisky japonés, The Hakushu.

Antes de terminar mi plato, había arribado a comer un grupo grande de chicas, jugadoras de alguna disciplina, ya que todas tenían puesta la misma vestimenta deportiva. Tras despedirme de todo el staff, cuando me estaba retirando, ya se habían enterado de que era mi cumpleaños y todas me saludaron con unas sonrisas tan genuinas y cálidas que me hicieron emocionar. Increíble, cómo un grupo de desconocidos puede hacerte sentir tan feliz, con tan poco.

No recuerdo cuánto fueron las cuentas que pagué en el 3er piso de Okonomimura, pero valieron cada centavo.

Hiroshima quedó grabada a fuego, en mi memoria y en mi corazón. ¡Más Hiroshimas en el mundo, por favor!

 

Salud!

Algo Sibarita

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