La Ultima Cena

En julio del año pasado me pedí licencia en el laburo debido al ambiente deshonesto, arbitrario, insalubre y tóxico a nivel radioactivo en el cual trabajaba. Cometí el error de no seguir mi instinto, que detectó ciertas red flags (Alerta, alerta!!!) tempranamente y las ignoré.

Tempranamente, me di cuenta de que mi intuición no había fallado… Me di cuenta del cardumen de tiburones en el que estaba nadando, pero continué, empecé a cuestionarme y a seguir intentando. Me adapté a la falta de transparencia, a los favoritismos, a la desigualdad de reglas, a la inflexibilidad, a las puñaladas por la espalda.  Toleré injusticias, por el afán de aprender algo, de no fracasar, quería ver si tenía la impresión equivocada, etc.

Hasta que se volvió insostenible, y ese ambiente, me estaba erosionando por dentro. Comprobé una vez más que la intuición no me había fallado, y al notar los síntomas en mi cuerpo, decidí priorizar mi salud emocional, física y mental, en detrimento de mi buen pasar económico.

Aprendí también que recurrir a «Recursos Humanos» es una pérdida de tiempo. Aprendí que es totalmente corporativo y, ante el pedido de ayuda por parte de un empleado, están ahí sólo para defender los intereses de la compañía. Y vengan de a uno, que tengo para responderles a todos.

En esa situación me encontraba, cuando un día volviendo a casa, me caí de mi querida bicicleta. Y para decirlo mal y pronto, me partí la jeta. Tras ser llevada en ambulancia al hospital, terminé con tres puntos y titanio en la ceja, la mandíbula quebrada y operada de urgencia con más titanio, la clavícula dislocada y el hombro izquierdo fracturado. Completita.

Estaba a dos semanas de irme a Japón. Luego de más de dos semanas de culparme y azotarme mentalmente por haber sido tan idiota, de lidiar con la burocracia de KLM, más el inhumano sistema de salud neerlandés, me quería matar. Y además el dolor. A pesar de que me habían dado analgésicos y más medicamentos para soportar esos analgésicos, el dolor no me dejaba dormir. Y los médicos, ni bola.

A dos meses del accidente, cuando finalmente me dieron otra cita por mi insistencia, porque el dolor no había cesado. Recién ahí me dice el traumatólogo que tenía el hombro congelado (capsulitis adhesiva) y muy suelto de cuerpo, agrega: «te va a llevar 6 meses a 3 años recuperarte«. WTF!! (Emoji de sorpresa). Me quedé sin palabras, y no podía creer la falta de humanidad, consideración, eficiencia y comunicación, de esta gente, y lo que me podrían haber evitado.

A pesar de pagar una locura de impuestos más un seguro médico obligatorio mensual, a estos matasanos — como decía mi abuela —, lo último que les interesaba era mi salud.

Mi consejo de vida, si lo quieren tomar, es: donde no se sientan apreciados, salgan corriendo. Ya sea un trabajo, una pareja, amigos, parientes, familia, un restaurante, un gimnasio, un hospital, una ciudad, un país: huyan. Por su bien, por su salud, por su bienestar. No es cobardía, es cuidarse a uno mismo.

 

Rozando caer en un pozo negro – aún muy enojada conmigo misma y con este país y su gente desalmada, con un dolor en el hombro que no me dejaba pensar, intolerante ya al clima asqueroso, y sin saber qué iba a ser de mi vida laboral y personal de ahí en más – una tarde, salí a caminar.

Ya que no podía ver jugar a Messi, la otra cosa que me alegra la vida, como ya sabrán, es comer bien. Así, silbando bajito, llegué a Juana La Dama (Potgieterstraat 16, 1053 XW), un pintoresco restaurante que llamó mi atención cuando leí en el vidrio «Origen Argentino«… Lo cual, en ese momento, era una caricia al alma, un abrazo de gol.

Me senté en la barra y las chicas, la mayoría de origen latinoamericano, me hicieron sentir en casa desde el primer momento.

Hacía ya un tiempo que no bebía alcohol, pero me pedí para beber un vaso de cerveza para sacarme la sed y luego una copa de Cabernet Franc, pero me sirvieron una de Malbec de Las Perdices Chac Chac. No me quejé ni pedí el cambio, estaba contenta de sentir en mi paladar un sabor familiar.

Para comer, me tenté con las berejenas al escabeche para arrancar, y de segundo, Humita de choclo y calabaza con queso de cabra. Y fui feliz… Saboreaba a miles de kilómetros de casa un sabor auténticamente argentino. Cada cucharón, lo hice durar una eternidad. Volví a sonreír.

De postre, de pura glotona y porque no quería volver a la soledad de mi monoambiente, me pedí un panqueque con dulce de leche que casi me causa una embolia por la generosa cantidad de dulce que tenía. Debo admitir, que un poco me empalagó, pero de nuevo, no me quejé, ni mucho menos. Simplemente, me tomé todo el tiempo del mundo para comerlo todo.

Luego, pedí la cuenta, €45.00 con propina incluida. Me fui repleta y mejor de ánimo… Después de todo, todo pasa por algo.

4½ Bracas para Juana La Dama! Excelente servicio, rica comida típica, buena variedad de platos e interesante carta de vinos, hermoso lugar, baño súper decente, y precios amigables considerando que Ámsterdam es una ciudad carísima.

 

Si han leído algún otro de mis posteos de mi experiencia en esta ciudad, ya sabrán que la amabilidad no es un rasgo preeminente en la industria de la hospitalidad neerlandesa. Por ello, más allá de mi estado de cierta fragilidad personal durante mi visita, Juana La Dama me dio lo que necesitaba: encontrarme por un rato con gente acogedora, humana, amable sin falsedad ni exageración y comida rica. Seguro, quien viva lejos de su tierra natal me entenderá mejor.

 

Si andan por Ámsterdam – a la cual recomiendo ir sólo en verano y que anden siempre con piloto y/o paraguas a mano -, seguramente querrán comer comida local… Lo cual es lógico siendo turista. Sin embargo, jamás recomendaría la comida neerlandesa, que, dicho sea de paso, es inexistente, salvo que se conformen con las desabridas bitterballen y el stamppot que la pinta ya te ahuyenta.

Sí les recomiendo que visiten Juana La Dama. Esta fue una de mis últimas cenas en los países chatos. Y jugando de visitante, Argentina triunfa sobre los naranjitas, una vez más.

Salud!

Algo Sibarita

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