The Bear y un Gatblau

Hace un rato fui al supermercado. Dejé la casa por primera vez desde Navidad, ya que el clima se ha holandizado, con lluvia, cielo gris, bastante deprimente. Así que, después de volver del almuerzo navideño de lo de mi hermana el jueves 25, me encuentro absorbida por el sofá.

Esa tarde, tras leer algunos capítulos de La Divina Comedia, agarré la compu y dije, «¿Qué puedo mirar?» para matar el tiempo, porque después de tanta comilona, no iba a hacer nada productivo. Me acordé de las recomendaciones de Mario Pergolini en Vorterix y busqué The Bear. Primero, me desalentó que fueran ya cuatro temporadas, pero cuando vi que los capítulos duraban menos de media hora puse play. Y no paré.

Hoy sábado, habiendo ya terminado el capítulo dos de la cuarta temporada, estoy finalmente haciendo algo productivo. Bueno, o al menos eso quiero creer.

 

Viendo la serie y habiendo trabajado en el rubro en Front of House, o sea, al público, no en la cocina. Me recuerda una vez más el respeto que tengo por los cocineros y todos los que trabajan en la parte de atrás, los que no se ven, los que lavan los platos, pulen los cubiertos y la cristalería, y cortan mil doscientos kilos de papas o lo que sea, para en definitiva: nutrir a la gente. Tal cual dice Thomas Keller, uno de los cameos que más me gustaron de la serie.

El diseño del restaurante ficticio de The Bear me recordó a mi visita a Gatblau (Carrer Comte Borrell 122, Local 2, 08015, Barcelona). Su simpleza minimalista, pero llena de detalles. Caí sin reserva, y esa tarde sólo había una familia de cuatro almorzando. Tras chequear disponibilidad, me dieron una mesa.

Es un restaurante agroecológico, donde el 100% de los alimentos provienen de productores ecológicos y locales. Con el concepto de slow food (comida lenta) – un movimiento nacido en Italia en modo de protesta al fast food, encarnado en McDonald’s.

En Gatblau, tal cual reza su página web, es ‘un espacio donde la comida se vive con calma’, y quieren que sucocina sea una herramienta cultural al servicio de un modelo alimenticio más justo, saludable y sostenible’. Lo cual se nota desde el momento en que entré y me encantó.

Cuando me acercaron el menú, leí que llevan 20 años de trayectoria, lo cual, especialmente para este rubro, es un montón. No estaba muerta de hambre, así que, a pesar de que tenían un menú de almuerzo interesante y accesible, elegí de principal, Pescado según mercado con salsa verde y judías verdes. Ese día era salmonete. Sólo bebí agua, para no salirme demasiado de mi plan de recomposición corporal.

Estaba exquisito, liviano, fresco, bien condimentado, con las texturas correctas, los sabores distinguibles de cada ingrediente, una delicadeza. No acepté el pan, pero le pasé la hermosa cuchara para comerme hasta la última gota.

Después de un rato, me ofrecieron el menú de nuevo para ver los postres. Hice un par de preguntas y elegí el Coulant de avellana con helado de avellana y miel. Que sin ser yo muy dulcera, me sorprendió y hasta me gustó más que el principal. La esponjosidad y, de nuevo, la delicadeza del relleno que caía como lava de un volcán, fue un orgasmo estomacal. Uno de los postres más ricos que comí en mi vida. Es al día de hoy que me acuerdo, y espero que cuando vuelva, lo tengan en carta.

4½ Bracas. La única nota que podría adherir fue la lejanía del servicio, en el sentido de que fue sumamente profesional, solo que – para mí gusto y habiendo ido sola -, un poquito distante.

Pedí la cuenta de €24 (+ propina) y debo agregar que me alegró y sorprendió también que el servicio de agua sólo cuesta un euro.

Luego de pasar por el baño, saludé al Chef Pere, con un claro gesto de felicidad y de qué rico todo, besándome la punta de los dedos de mi mano y me sonrió.

Se nota cuando hay amor por lo que uno hace, por la hospitalidad, por la comida, por compartir, y Gatblau, sin duda, es prueba de ello. Ya volveré.

Salud!

Algo Sibarita

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