À Putìa, Enoteca e Cucina ntâ Bedda Sicilia


 

Recién acabo de ver en mis archivos que nunca publiqué este post y lo dejé incompleto en borradores. Imperdonable lo mío, ya que éste fue uno de los mejores viajes de mi vida, adónde descubrí uno de los mejores restaurantes del mundo. Siendo que ya se han cumplido 4 años de ese viaje, voy a publicar el borrador que quedará incompleto, pero al final, mi recomendación vale la pena.

✷✷✷ Este borrador fue escrito en noviembre del 2021 ✷✷✷

Éste agosto, estando en Barcelona, en un par de horas organicé mi vuelta a Sicilia. Originalmente, tenía en mi mente la Costa Amalfitana por la cual todavía no he andado, pero mientras googleaba me acordé de mi bella Sicilia y los mejores recuerdos de mi visita por Palermo. Aquella vez, me había quedado con las ganas de visitar Taormina, por lo que, después de encontrar un Airbnb por €24 la noche contra los irrisorios precios de la costa Catalana, ahí nomás, saqué pasajes y al otro día volaba para la isla siciliana.

Error de mi parte no haber chequeado el clima previo a mi partida, de haber sido así habría estado preparada para la ola de calor que derretía el pavimento. Sin embargo, no la sufrí. Luego de tantos años en Londres, aprendí a apreciar el calor y el sol y jamás darlos por sentado.

Tras la cachetada de calor que recibí al salir del aeropuerto, caminaba hacia la estación de tren, cuándo un chofer de colectivo me vió y me ofreció con un grito un aventón hasta la misma. Hermoso. La hospitalidad siciliana me recibía de maravillas apenas bajada del avión.

En la limpísima estación di Catania Aeroporto-Fontanarossa, esperé el tren que me llevaría al pacifico pueblo de Fiumefreddo di Sicilia, a unos 45 minutos de allí.

Una vez instalada en mi particular AirBnb, salí a caminar – y a transpirar como nunca en mi vida -, buscando un lugar dónde comer o comprar algo para comer. Tenía algunas recomendaciones anotadas pero dada que era la hora de la siesta y la playa, pude encontrar un lugar donde compré una ensalada de pulpo y una Fanta. Caminé poquito más de 2kms hasta la Marina de Cottone, desde donde podía ver el avión hidrate que iba y volvía colaborando para apagar el fuego que ardía en Catania.

A la vuelta, pasé por una heladería para degustar un rico helado italiano y también fui hasta el supermercado Lidl donde compré un aperitivo sin alcohol al cual no le tenía mucha fe, pero resultó ser una joyita: El Sanpellegrino Cocktail, mezcla de amargo-dulce con notas de hierbas aromáticas y jengibre. Me salvó varias noches, tras dejarlo congelarse en el freezer, para apaciguar el calor siciliano.

Al día siguiente fuí a desayunar al Bar Castello (Piazza XXV Aprile, 4, 95013 Fiumefreddo Sicilia) donde me pedí un café con leche y una factura rellena de crema italiana que era una bomba espectacular. Me entretuve mirando la gente del pueblo que me relojeaba ya que obviamente no jugaba de local. Me reía sola, sentada, mirando,  encontrando todas las similitudes con nosotros, los argentinos. Tomando el cafecito, charlando en voz alta, gesticulando con las manos. Muy amables todos y a pesar de mi «italiano básico» nos entendíamos con las jóvenes mozas y el cafetero. Me tomé un cafecito más y alegremente pagué la cuenta, que comparada con precios londinenses era otra razón para sonreír.

El tren de Fiumefreddo a Taormina-Giardini tarda 13 minutos o menos, dependiendo las paradas. La estación de tren, una de las más bellas y limpias que he visto en mi vida. De ahí una corta caminata hasta la playa.  Y la gloria. Playa de piedritas, lo cual para mí era una ventaja porque ni toalla cargaba conmigo, y no me llenaba de la intrépida arena mientras me tiraba a la orilla a rostizarme.

Tras unas horas, ya estaba necesitando alimentarme e hidratarme, así que enfile para la colina y terminé de casualidad en el UNAHOTELS Capotaormina (105 Via Nazionale
98039, Taormina). En el cual, me enteré semanas después, una famosa película – Le Grand Bleu de Luc Besson (1988),  se filmó allí. Pero no sé si el nombre del Ristorante Le Grand Bleu, vino antes o después

Entré como pancha por mi casa, tras tomarme la temperatura (La vida en tiempos de COVID) y seguí las indicaciones del ascensor para ir al restaurante. Sin embargo, el del segundo piso estaba cerrado y tras haber ido al baño (ya que estaba) y preguntarle a una empleada donde podía comer, me indicó, que presionara en la botonera del ascensor la M de Mare… Así hice.

Al salir del ascensor me encontré con una de las cosas más sorpresivas del viaje.. Tras un  pequeño hall con puertas arqueadas y luces naranjas – sonaba David Bowie y su Space Oddity -, daban paso a un túnel de piedra y al final del túnel, la playa. Un sueño. Encaré para la derecha, y allí estaba el restaurante frente al mar. Otro sueño.

✷✷✷

Hasta ahí llegué a escribir… Obviamente, podría rascar en mi memoria y contarles el resto de mi viaje, pero dado que ya nadie lee y el tiempo es tirano, voy a sintetizar e invitarlos a ver la galeria de fotos, de lo que fue la joyita culinaria de mi travesía:

À Putìa, Enoteca e Cucina, de Salvatore Augello y familia, en Via Umberto Iᵒ, 456, 98035 Giardini-Naxos, Messina, Sicilia. No tiene página web, y tienen que reservar, porque la primera vez que fuí me rebotaron y terminé haciendo un picnic en un banco frente al mar. La segunda, fuí apenas abría con el local vacío, me dejó sentar pero me tenía que ir en una hora por las reservas que tenían más tarde. Y volví todas las tardes/noches restantes que me quedaron. A la tercer noche, Salvatore ya me sonreía cuando llegaba caminando…

Uno de los mejores restaurantes que he tenido la suerte de visitar, y fué casualidad total… Pero cuando pasé por la vereda presentí que allí se comería bien. Y no me equivoqué. En esos días, dejé todo audiovisualmente documentado en mis historias de Instagram y en las fotos a continuación, que no le hacen justicia ni al aroma ni al sabor de los platos.

Salvatore me contó que el restaurante era de la madre y el continuó en su rol de chef. Lo curioso, es que sólo eran él y otro ayudante en la diminuta cocina. Pero desde allí comanda todo. Ejemplo de ello fue, cuándo en la segunda noche me había hecho «amiga» de una pareja que va todos los años (reservan diez noches seguidas) y conversábamos de mesa a mesa mientras yo comía mi primer plato, y en eso vino Salvatore y nos dijo basta de parlare! que se me enfriaba mi comida y a su vez tenía que sacar el segundo… Agaché la cabeza y seguí comiendo, nos reímos y nos sentimos como dos niños al que el padre les había dado un reto.

Tuve que preguntarle a Salvatore, adónde iba él a comer, y me dijo que se iba a descansar a la montaña, y allí con la familia y su amigo comían tranquilos.

Desde aquélla visita, añoro volver.

5 Bracas para À Putìa, Enoteca e Cucina. Vayan, Salvatore no los va a defraudar.

Salud!

Algo Sibarita

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